Mi amigo Kapha
Breve descripción poética de mis momentos más Kapha. Un intento de aproximación a la energía del agua y la tierra. Mi vínculo más íntimo con el invierno y con mi menstruación.

Me absorbe la humedad como si yo mismo fuera niebla. No me disuelvo: me extiendo. Me confundo con el entorno, no por pérdida de identidad, sino porque mi naturaleza es unir, amalgamar, abrazar sin bordes. Cuando camino, a veces siento que no camino solo: hay en mí algo ancestral, como si mis pasos fueran también los pasos de otros.
Mi esencia es la de la raíz que se entierra y sostiene, la de la arcilla que moldea y contiene. Me adhiero. Me quedo. Me inmovilizo por amor o costumbre. No sé si es fidelidad o simple memoria celular de todo lo que alguna vez me sostuvo. Soy quien recuerda, quien conserva. No olvido lo que me marcó, ni lo que me dio refugio.
Dicen que soy lento. Pero ¿quién apura a las montañas? ¿Quién le exige al río que deje de ser lago? Yo no me precipito: me contengo, me quedo. Eso que para otros es pausa, para mí es devoción.
No me gusta el cambio. Es una violencia suave que me arranca de lo conocido. Las primaveras me confunden. Los otoños me adormecen. En invierno, en cambio, me siento en casa: el mundo se aquieta, como si, por fin, todo entendiera mi ritmo.
Amo con una quietud que a veces asfixia. Abrazo demasiado. Sostengo cuando ya nadie sostiene. Me cuesta dejar ir. El apego no es un defecto: es mi forma de cuidar. Aunque sí, lo admito, a veces me aferro incluso a lo que ya no vibra.
Hay en mí una ternura densa, como tierra húmeda. A veces contengo más de lo que muestro. Pero si me enojo, no exploto: me hundo. Me vuelvo pantano silencioso, tristeza espesa, palabras que no encuentran salida.
Mi cuerpo tiende a ensancharse, como la tierra cuando llueve. Soy fértil, generoso, abundante. Pero si me excedo (y suelo excederme) me invade la pesadez. Me vuelvo lento incluso para desear. Me atrae lo dulce, no sólo en la boca: también en los gestos suaves, en los vínculos estables, en el sueño profundo de la tarde.
En las mañanas húmedas me cuesta levantarme. Me aferro a las sábanas como quien no quiere volver a un mundo que corre sin preguntar. Porque este mundo, tan rápido, tan demandante, me resulta una danza que no siempre entiendo. A veces preferiría quedarme en el borde, viendo cómo todo sucede sin mí.
Pero también sé nutrir. Soy lo que sostiene. Soy la base donde otros florecen. La calma que otros buscan cuando todo arde. El silencio donde se puede llorar sin juicio. El abrazo que no pregunta.
A mí hay que moverme. Sacarme a pasear. Abrirme las ventanas. Dejar que el viento me atraviese para que el estancamiento no se vuelva melancolía. Me hace bien el picante, el fuego, la palabra directa, el cambio que viene sin pedir permiso. Me hace bien bailar, sacudir la quietud, recordar que el cuerpo no es una piedra sino un río contenido.
Yo soy Kapha.
Y aunque a veces me duermo en mí mismo, en mi quietud también hay un mundo esperando despertar.